San Patricio del Chañar. Infinita Patagonia

Es uno de los oasis productivos más jóvenes de la Argentina, con bodegas y tecnología de última generación. Sus vinos ya están dando que hablar en el mundo.

 

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La Patagonia vitivinícola bien puede dividirse en dos zonas: el tradicional Alto Valle del Río Negro y la nueva zona San Patricio del Chañar, cuyas viñas más viejas alcanzan apenas los dieciséis años de edad. Este joven terruño está situado a 70 kilómetros al noroeste de la capital neuquina, unido por la Ruta Provincial N° 7. A primera vista se evidencia como una zona netamente rural, con una población estable de algo más de 6.000 personas, que año tras año crece atraída por los nuevos emprendimientos agronómicos.

El nombre original del lugar es Tratayén. San Patricio del Chañar toma dos nombres que provienen de la historia de su tierra y los hombres que la transformaron. San Patrizio es el santo coprotector de Campofilone, localidad de la provincia de Fermo en la región de Marcas en la Italia central, en la que vivió la familia Gasparri, pionera de esta localidad. Chañar es el nombre con el que se conoció al paraje en la época de los fortines por la existencia de esta especie arbórea (nombre quichua del chical: árbol espinoso de madera dura y propiedades medicinales) que, por un raro capricho de la naturaleza y sin que el suelo sea apto para él, se encuentra en la zona.

Respecto de la industria vitivinícola, las viñas se comenzaron a implantar en 1999. Todo el paño de vides en San Patricio del Chañar son espalderas bajas regadas por un sistema de goteo de última tecnología con agua del río Neuquén que es conducida por diques reguladores hasta las fincas.

Al detenerse para contemplar el paisaje, dos cosas llaman la atención: el  terreno con sus desniveles y bardas (margen del valle que contiene el río Neuquén) llenas de color y la brisa suave, fresca, que mantiene a las plantas con gran sanidad y evita cualquier tipo de incubación de enfermedades. Es que prácticamente todos los viñedos de El Chañar son orgánicos dado que no es necesario el uso de fertilizantes ni venenos de ningún tipo.

En el paisaje, otro detalle que sin duda agrega gracia está dado por las filas de álamos que se estiran en un orden inalterable. Representan la principal barrera que tiene el viento y es lo que permite de manera natural preservar las viñas al disminuir la fuerza de las ráfagas.

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Recostada sobre la ladera de la meseta, Familia Schroeder tiene rasgos arquitectónicos de vanguardia que le permiten aprovechar la gravedad para la elaboración de los vinos.

Al llegar a las fincas, que se desperezan en un terreno interminable con algunas lomas suaves, hay algo que se graba en las retinas: los cartuchos de color naranja en la parte baja de las plantas, que las protegen del viento durante los primeros meses y crean un microclima al estilo invernadero que ayuda en el primer crecimiento. Ese toque de color es ya un ícono de la zona, en la que se siguen plantando año tras año nuevas hectáreas.

Uno de los establecimientos modelo de este oasis productivo es Familia Schroeder. La construcción de la bodega comenzó en 2001 con la intención de respetar lo máximo posible su entorno natural. Por ello, la edificación se recuesta sobre la meseta, cuyos 22 metros de altura en 5 niveles permite utilizar un sistema gravitacional para la elaboración de los vinos. Equipada con la más moderna tecnología, sumada a las pasarelas suspendidas que permiten el recorrido de todo el proceso de elaboración, esta bodega se ha convertido para muchos en un emblema arquitectónico patagónico.

La elección del lugar no fue azarosa. Los suelos livianos y pedregosos, los fuertes vientos, la gran amplitud térmica y la posibilidad de irrigar las vides con el agua de deshielo proveniente del río Neuquén, todos factores importantes para el viñedo, fueron algunos de los motivos que los ayudaron en la decisión.

Tiene 140 hectáreas de viñedos propios. Cielos infinitamente celestes y noches estrelladas custodian las 140 hectáreas implantadas con las variedades Malbec, Merlot, Pinot Noir, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Chardonnay, Sauvignon Blanc y Torrontés. El Malbec, el Merlot y el Pinot Noir, en especial, son los cepajes que mejor se han adaptado a este terruño y han tenido, en muy poco tiempo, un desarrollo extraordinario y se están logrando vinos muy interesantes y diferentes de los de otras regiones del país. Aunque en Familia Schroeder comenzaron con dos líneas de vinos, Saurus y Saurus Select, y un espumante, Saurus Patagonia Extra Brut, en estos años han sumado nuevas etiquetas a su portfolio.

Así, cuentan con su línea Premium, Familia Schroeder, la línea Saurus Barrel Fermented, toda una innovación enológica en la Argentina, y los espumantes Deseado, 100% Torrontés, Deseado Rosé, 90% Torrontés y 10% Malbec, y Rosa de los Vientos, 100% Pinot Noir. Fiel a su carácter innovador, han incorporado dos ejemplares de por sí interesantes y novedosos: Saurus Pinot Noir Tardío, un vino de cosecha tardía 100% Pinot Noir, y un rosado de Malbec, Saurus Malbec Rosé.

También es de destacar que Familia Schroeder fue el primer establecimiento vitivinícola nacional en obtener la certificación de inocuidad alimentaria ISO 22000 a lo largo de toda la cadena de producción. A eso se suma la certificación EUREPGAP de buenas prácticas agrícolas.

Enoturismo con dinosaurios

El origen del nombre que llevan las líneas de vinos (Saurus) tiene un porqué: fueron hallados durante los movimientos de suelo previos a la construcción de la bodega restos de un dinosaurio. Este ejemplar perteneciente a la familia de los Titanosáuridos, reconocido por su inmenso tamaño, fue bautizado con el nombre Panamericansaurus Schroederi.

 

Hoy se pueden ver los restos paleontológicos en una cava especialmente acondicionada en el interior de la bodega. Según cuentan, su presencia puede sentirse custodiando cada rincón e imprimiendo un tinte místico al lugar.

 

Respecto al turismo, planteada en varios niveles con el objetivo de aprovechar al máximo el declive natural del suelo, el edificio de Familia Schroeder está especialmente preparado para la recepción de visitas los 365 días del año gracias a un sistema de pasarelas interiores que facilitan la llegada de los turistas hasta el corazón mismo del nacimiento de los vinos, incluso en plena época de cosecha. El recorrido se completa en el exclusivo restaurante Saurus. Con una vista privilegiada y rodeado de viñedos, se puede disfrutar de la alta cocina europea creada por las expertas manos de su chef, Sebastián Grimaldi, quien ha sabido adaptarla al gusto local incorporando ingredientes regionales en sus recetas.

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En la Plaza Rosa de los Vientos, la bodega cuenta con un rombo trazado con barricas de roble, una de las cuales tiene un perfil transparente para observar la crianza de los vinos.

Por Salvador Arzak
Fotos Archivo FP

 

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