Sicilia, La casa del Marsala

Rica en historia y centro de las rutas del Mediterráneo, la isla de Sicilia cuenta además con una asombrosa y poco conocida diversidad de terruños vitivinícolas y variedades de uva: una región singular del vino italiano, donde conviven dieciséis apelaciones geográficas que producen vinos que están insertos en pleno proceso de mejoramiento cualitativo.

 

 

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Gracias a sus 25.460 kilómetros cuadrados de superficie y sus cinco millones de habitantes, Sicilia tiene la doble condición de ser la isla más grande y la más poblada del Mediterráneo. Esa característica insular se encuentra sostenida por apenas tres kilómetros de agua que la separan de la península itálica.

Semejante cercanía ha sido, seguramente, un factor fundamental en un pasado marcado por las constantes invasiones, ocupaciones y colonizaciones de diferentes pueblos que pasaron por allí a lo largo de la historia.

Griegos, fenicios, romanos, bizantinos, normandos y árabes antecedieron a los más recientes franceses, españoles, alemanes y estadounidenses. Bien puede decirse que, desde la ocupación de estos últimos en 1943, Sicilia ha gozado de un período de tranquilidad prolongado.

Pero menos conocida que su historia es su diversidad de paisajes, uvas y terruños vitivinícolas bastante alejados de la consideración pública internacional. El estereotipo más extendido sobre el marco ecológico siciliano le asigna una geografía montañosa, un clima mediterráneo tirando a seco y una escasa variedad de cepajes y vinos.

Sin embargo, contrariamente a esa creencia, en su territorio se dan casi todos los contrastes climáticos y paisajísticos, desde los bosques frondosos y húmedos hasta las montañas nevadas, los valles áridos, las playas extensas, las campiñas verdes y las costas escarpadas.

Algo parecido sucede con su producción vitivinícola, amparada por una Indicación Geográfica Típica (IGT Sicilia) y quince Denominaciones de Origen: Pantelleria, Marsala, Erice, Segesta, Monreale, Terre Sicane, Valle dei Templi, Contea di Sclafani, Castelli Nisseni, Etna, Piazza Armerina, Vittoria, Noto, Siracusa y Messina, que incluye el grupo insular llamado Isole Eolie.

La biodiversidad se extiende también a los cepajes, ya que su variedad es importante. Precisamente, la mayor gracia de esta antiquísima vitivinicultura estriba en su vasto patrimonio varietal autóctono, liderado entre los tintos por el emblemático Nero d’Avola, junto con Frappato y Nerello Mascalese.

En blancos, el pelotón está compuesto por Cataratto, Grecánico Dorato, Grillo, Insolia y Damaschino. Completan la lista Malvasía y Moscatel, utilizados mayoritariamente para vinos dulces. Por supuesto, tampoco faltan en los viñedos Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah, Pinot Noir, Petit Verdot, Chardonnay, Sauvignon Blanc y Viognier.

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Vino antiguo, calidad joven

En un panorama internacional del vino cada vez más globalizado, estandarizado y carente de singularidades, la sola presencia de tantos cepajes únicos y distintivos debería ser razón suficiente para concentrar la atención del mundo vitivinícola, pero no es eso, precisamente, lo que ocurre
en Sicilia.

Más bien parece que no logra librarse del estigma de región periférica, atrasada, incapaz de generar vinos de calidad aceptable para los principales mercados.

La histórica celebridad del Marsala le viene jugando en contra desde hace más de 200 años puesto que hace que la mayoría de los consumidores extranjeros desconozca sus otras  potencialidades enológicas. No parece haber aún en Sicilia vinos verdaderamente descollantes, pero hay que tener en cuenta que se trata de una industria muy antigua que recién se está descubriendo a sí misma.

Buena parte de las bodegas está en plena etapa de modernización tecnológica. El desarrollo de los cepajes, así como el estudio de su adaptación a cada terruño, es un proceso reciente. El vino de Sicilia es muy antiguo, pero los buenos ejemplares están naciendo ahora.

Bajo el signo de Marsala

Durante mucho tiempo, la fama mundial del Marsala ha venido opacando a los demás vinos sicilianos. En los albores del siglo XVIII, los comerciantes ingleses descubrieron en el lado occidental de Sicilia algunos vinos aptos para ser fortificados y soportar un largo viaje hasta su destino final.

Con los años, aquella cuestión práctica derivó en un estilo tradicional de elaboración con sus correspondientes variantes secas y dulces. Actualmente, Marsala es una DOC ubicada en la provincia de Trapani, que incluye entre sus cepajes Grillo, Cataratto, Insolia, Pignatello, Nero d’Avola y Nerello Mascalese.

Con las variedades blancas se obtienen los vinos llamados ambra (ámbar) y oro, mientras que las uvas tintas son utilizadas en los del tipo rubino (rubí) en una proporción máxima del 30%.

Independientemente del color, la categorización del Marsala se sostiene en un complejo sistema de divisiones y jerarquías. Básicamente, los factores principales a tener en cuenta son la edad y el dulzor. Todos los vinos deben tener un mínimo de cinco años de añejamiento en vasijas de roble de 600 litros, tras lo cual acceden a la categoría básica de vergine.

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Para las jerarquías vergine riserva y stravecchio, el estacionamiento mínimo obligatorio se extiende hasta los 10 años. Luego, el dulzor proviene de la adición de Mistelas, mosto cocido y caramelo que, junto con el alcohol puro de vino y el brandy, conforman algunos de los productos vínicos más trabajados.

Citando los extremos, un vergine secco, profundo, penetrante y almendrado, proporciona una grata experiencia en el aperitivo. Por su parte, un vergine riserva semisecco tiene la gracia y el acabado de los buenos vinos licorosos, con muchos tonos tostados, confitados y de nueces, sin ninguna sensación empalagosa. Sin dudas, Marsala representa aún hoy el máximo punto alcanzado por Sicilia en perfección enológica. Con todo, la gran isla tiene mucho para dar.

En el futuro cercano, la creciente calidad del vino siciliano podría despertar un mayor interés; unido a una sólida actividad turística y a una enorme diversidad gastronómica, bien puede dar forma a un nuevo boom en el espectro vitivinícola mundial.

Por Salvador Arzak

Fotos Archivo FP

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