malbecking, una palabra que define

¿Cuál sería el mejor apodo para nuestro cepaje emblemático, para ese vino que tan bien nos representa fronteras afuera y hoy ya se ha convertido en un símbolo más de la argentinidad?

 

 

Mientras muchos se preocupan por encontrar y promover al sucesor de nuestra variedad insignia, yo adhiero a una monarquía absoluta. Y no es por cuestiones de ideología política, sino porque veo a la Malbec como nuestra auténtica reina. Considero que así debe ser for ever. A lo sumo, secundada por un primer ministro… ¿Cabernet Sauvignon, Bonarda, Torrontés?… La historia lo dirá.

 

Hace un par de años, conocí a uno de los periodistas especializados más prestigiosos de Canadá, segundo mercado externo en importancia para nuestros vinos: Anthony Gismondi.

 

Casi al finalizar un largo almuerzo regado con grandes vinos nacionales –como debe ser–, me dijo: “Tienes que buscarle un apodo al Malbec, como Supertuscan, Cult Wine, etcétera…”. Recuerdo que tardé unos diez segundos, no más, en encontrar la primera (y mejor) opción. Pero, por esas cosas del respeto y la admiración hacia los referentes internacionales, no me animé a tirarla sobre la mesa.

 

A la semana le escribí un e-mail por otras cuestiones y sobre el final agregué: “Recuerdas lo que me dijiste que hiciera… bueno, el nombre es Malbecking”. Nunca más supe de él. No importó, mi misión en esta vida no es ser un creativo, sino difundir lo que más me gusta hacer: disfrutar del vino argentino.

 

Pensándolo bien, es lógico que “mi súper denominación” no le haya hecho ni cosquillas a mi colega canadiense, aunque a mí sí. Desde entonces tengo ese nombre en la cabeza. El Malbec es nuestro rey, o reina si se trata de la variedad de uva. Sin embargo, me preocupa ver cómo muchos protagonistas buscan destronarlo.

 

Calculo que no con mala intención, quizás con una visión más “ombliguista” que genérica. Porque no hay razones para abandonar la única cepa que nos hizo fa- mosos en el mundo, la que nos devolvió la confianza en nosotros mismos, la que nos permitió volver a creer en nuestros terruños, la que nos obligó a retomar los escritos de nuestros antepasados, inmigrantes italianos y españoles, con sus básicas, pero evidentemente efectivas, recetas vínicas.

 

El Malbec no sólo ayudó a la industria argentina a desarrollarse, también a nosotros, los consumidores, porque nos mostró el camino de la diversidad, ya sea por tipo de vinos o por regiones. Además, puso en evidencia que no era lo mismo un vino joven que uno añejo y nos aclaró todas las dudas acer- ca de las diferentes calidades y el porqué de sus precios diferenciados.

 

En síntesis: nos forjó el respeto y la admiración por los nuevos vinos argentinos. Incluso, es responsable de habernos metido en la cabeza esa palabra de la cual muchos reniegan, pero que bien regocija al cuerpo y al espíritu: maridaje.

 

Demasiadas medallas de oro y demasiados récords ha logrado el Malbec como para ser reemplazado. Es evidente que buscar alternativas tiene que ver con el miedo a que se trate de una moda pasajera. O quizás, por haber malinterpretado el sentido profundo de la palabra diversidad, a la que no está atada la variedad de uva, sino el vino que se puede hacer con ella.

 

Luego de degustar muchos vinos en el 2013, vuelvo a reforzar mi teoría. Es impresionante lo que se está logrando con el Malbec. Es el principio de algo muy grande y no el fin de una linda etapa; con esto no quiero decir que el Malbec sea –o vaya a ser– el mejor vino de mundo, definitivamente ¡no! Pero seguro que es y seguirá siendo el mejor vino argentino.

 

Y esto, además de celebrarlo día a día alzando las copas llenas, hay que comprenderlo y sentirlo, porque incluso cuando llegue el momento en que un Cabernet Sauvignon (o, por qué no, un Bonarda) logre sacar mayor puntaje que un Malbec, nunca podrá ser considerado tan argentino.

 

Es inimaginable, al menos para mí, pensar que los agrónomos y enólogos dejarán de lado todo lo que han hecho y podrán olvidarse de lo que han logrado a sabiendas del potencial de lo que pueden alcanzar de la mano del Malbec. Quizás el Cabernet Sauvignon ha demostrado en el mundo entero lograr el máximo nivel de expresión de un vino, pero aquí el Malbec picó en punta y, cual Usain Bolt, será muy difícil que otra variedad lo supere.

 

Por suerte, son varios los que consideran que el mejor futuro de nuestro vino está en la profundidad del Malbec y yo creo en ellos. Por eso, si me vuelven a preguntar cuál sería su mejor apodo, a pesar de no haber convencido al canadiense, diría orgulloso y sin dudarlo: Malbecking.

 

Por fabricio Portelli

Fots del archivo Simposium

 

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