MIGUEL BRASCÓ: memorias del último bon vivant

Polifacético y de múltiples talentos, es el crítico de vinos y gastronomía más prestigioso que tiene nuestro país. Por casualidades o causalidades, su vida se entrecruza con la de grandes personalidades de la cultura; recorrerla es un apasionante viaje por el mundo de los placeres, la literatura, el periodismo, la música, el humor gráfico… Apasionado como pocos en todo lo que emprende, Miguel Brascó es el último bon vivant argentino.

 

"A los bebedores del buen vino argentino, les recomiendo que se dejen guiar sólo por lo que les va gustando, no por el blablá de los bobetas de la fashion sobre lo que debería gustarles"

Miguel Brascó nunca quiere decir su edad, tal vez por pura provocación, aunque se sabe: tiene 86 años, pero no los aparenta ni un poco. Nació en la localidad de Sastre, provincia de Santa Fe, pero su infancia transcurrió en la Patagonia sur, en Puerto Santa Cruz.

En su primera primera juventud, volvió a Santa Fe para formarse, viajó a España para perfeccionarse y, aunque vivió en una decena de ciudades europeas, se instaló en Buenos Aires para siempre.

¿Su profesión? Abogado,  pero de vocación marcada por las letras, las artes y el buen vivir. Ha escrito novelas, poesías, teatro y música, ha incursionado en el periodismo y en el dibujo. Su vida está plagada de anécdotas: sus traducciones al castellano de poetas alemanes e ingleses, sus estudios con el premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre, su paso por las redacciones de Tía Vicenta, Cuatro Patas y Leoplán, sus emprendimientos editoriales Status, Claudia, Cuisine & Vins y Ego, sus guías de vinos y programas de TV con Fabricio Portelli, su gestión como fundador de varios clubes gourmet selectos (Epicure, The Twelve Fishermen y The Fork Club), sus charlas, disertaciones, degustaciones y conferencias aquí y allá, su amistad con Quino (se le adjudica la responsabilidad de que este otro gran maestro creara a Mafalda), con Xul Solar, con Astor Piazolla, con Ariel Ramírez (con quien compuso Santafecino de veras, Agua y sol del Paraná y Campos del mío mío), con Rodolfo Walsh, con Alfredo Zitarrosa (la letra de La Vuelta de Obligado lleva su firma), con Julio Cortázar…

Este señor, el último bon vivant argentino, que siempre luce aristocráticamente moño y tiradores, se ha convertido en el más importante crítico gastronómico y gran desmitificador del universo que encierran las bodegas y los vinos.

Viajero incansable por las zonas vitivinícolas de todos los rincones del planeta, probó millares de tintos, blancos y rosados, y pudo plasmar sus sensaciones y placeres a través de su pluma con una impronta maravillosa: un verdadero y orginal mix con tono de barrio y giros propios del lunfardo más metáforas atípicas, no convencionales, spanglish y frases cultas.

Cuando le preguntan si prefiere una botella de Malbec de tres cifras o uno de todos los días, en el 90% de los casos su respuesta se inclina hacia la de menor valor, no por “contrera”, sino porque desde hace años defiende el lugar del vino como acompañante ideal de cualquier comida, más allá de su precio comercial.

Defensor a ultranza de los vinos argentinos que se adecuan al paladar nacional, cuando una etiqueta es “bien argenta” la elogia y la promueve. En cambio, cuando el marketing o el esnobismo le desfiguran su ADN para convertirla en una copia de modelos internacionales, se transforma en su principal detractor.

Activo, inquieto, brillante, refinado y con un sentido del humor único, Miguel Brascó descorcha un elegante tinto mendocino, sirve las copas, bebe un sorbo y mirándome a los ojos, rápidamente levanta y baja sus cejas sólo una vez… Lo capto, descifro el código, es la señal para que comience a indagarlo, a bucear en su rica historia…

● Además de periodista de vinos, es escritor serio de ficción, un dibujante atractivo, un músico folk, un disertante entretenido, un humorista, no sé… ¿Qué hace de todo eso con más ganas?  Lo más misterioso de todo es escribir. Sobre todo, novela y poesía: muy excitante. Las ficciones se escriben a sí mismas; los poemas son como si otro te los dictase. Dibujar es otra faena que excita un montón. Así como disertar frente a un público canchero. Sobre vinos, ponele. Con buen humor, en general. Si estás ocurrente, al terminar casi todas las mujeres quieren sacarse fotos con vos y te franelean.

● ¿Cuándo se convirtió en un bon vivant? Entre los ocho y los nueve años, no puedo precisar. En mi infancia patagónica practicaba equitación en caballo propio, tenía tres pets: un chulengo llamado Kill, un ñanducito  onomayopéyico, Pic-a-Pac, y una nenita suiza denominada Tota Graf. Cuando se pusieron grandes, los tres me dejaron, cada uno por su cuenta y sin dar explicaciones. A partir de eso, yo debí curtirme en el tough style de Humphrey Bogart. Eran experiencias duras, cómo no. Pero un tipo recibido de though guy sabe siempre aprovechar al mango las posibilidades bon vivant que le da la buena vida.

"El consumidor local pertenece a la cultura mediterránea y considera el vino como un consumo gourmet cotidiano y no un símbolo de estatus o tema soph de conversación piripipí"

● Y el vino, ¿cuándo apareció en su vida? También de muy chico y con soda. En aquella época, el totín toraba, blend de Bonarda con Malbec y uva criolla, se vinificaba todo bien pulsudo para resistir con pata firme su relación carnal con la soda. A los seis años empecé a tomarlo, con mis padres, en las comidas familiares, con bastante soda y hielo. A partir, más o menos, de los quince-dieciséis, ya comencé a beberlo solo.

● ¿Cómo ve la actualidad de los vinos argentinos? Veo que ahora, en todos lados, comerciantes top, chefs muy conocidos y críticos prestigiosos les prestan verdadera atención a los Malbec nuestros. Debemos aprovechar la  volada para, a partir de eso, posicionar las demás variedades que se están desarrollando aquí, los nuevos vinos blancos de perfil argentino, el marketing glamoroso de la Patagonia, la calidad y personalidad del vino argentino en bloque. Si no aprovechamos ahora, ¿cuándo? Y si no lo hacemos nosotros, ¿quién? Tanto en el consumo export como en el doméstico estamos en un momento favorable. Arremetamos, pues.

● Usted siempre marca una diferencia entre los vinos para el paladar argentino y los que son para el paladar extranjero. ¿Cómo es eso? Simple. El consumidor local pertenece claramente a la cultura mediterránea y considera el vino como un consumo gourmet cotidiano y no como un símbolo de estatus o tema soph de conversación piripipí.

● ¿Por qué recomienda siempre tanto tomar unas copitas de vino todos los días con las comidas? Por lógica pura. Acompañar nuestras comidas con vaso de leche es chongo; con agua helada, un desperdicio; con cerveza, una saponinada lunfa péndex, salvo si se sirve con un jambonneau o lentejas farci Berlin style; con akvavit resulta un amaneramiento fachoso; con arak, cosa de coturs; con Coca, una pedofilia con provechitos por arriba… ¡No! Una persona de buenos modales come siempre con vino.

● ¿Qué vinos argentinos le gustan?  Los amables, sin sangría y ni impactos perceptibles de madera.

● Al elegir una etiqueta, ¿qué debe tener en cuenta un consumidor cuando se para frente a una góndola? En primer lugar, el tipo de consumo al que piensa destinarlo. Un vino nuestro de cada día debe tener necesariamente un precio razonable. Segundo, elegir una opción que ya conoce y le gusta. Tercero, que no figure vinificado por una bodega de puros numeritos, sino por un establecimiento con nombre y apellido, además de genuino prestigio. Cuarto, mejor esquivar las etiquetas de look australiano por poco confiables.

● ¿Son mejores los vinos de ahora que los de antes? ¿Los de antes cuándo? El cómo de las vinificaciones evoluciona cada año, se supone que para mejor. Pero, como toda expresión cultural (además de negocio, el vino es una cultura, admitió Michel Rolland), puede tener períodos fuleros y hasta aciagos, como los tintos sangrados al mango, entre el 2000 y el 2008, por enólogos súbditos de Robert Parker.

● ¿Usted siempre hace hincapié en que para gozar de un buen vino no hace falta gastar mucho dinero. ¿Por qué cree eso? Porque quienes vivimos en la Argentina no tomamos cotidianamente vinos importados, cuya relación calidad-precio suele ser floja. Entonces, consumimos vinos locales, mayormente en la franja de “los-nuestros-de-cada-día”, cuyas propuestas de las aproximadamente 25 bodegas principales son bastante buenas tirando a excelentes. Así estamos disfrutando de buenos vinos sin gastar mucho dinero.

● ¿En qué caso recomienda hacer un desembolso adicional por un vino de mejor calidad? Cuando nos da simplemente la viaraza.

● ¿Qué consejo le daría a la gente que se está iniciando en el placer de beber vinos? A los bebedores del buen vino argentino, les recomiendo que se dejen guiar sólo por lo que les va gustando, no por el blablá de los bobetas de la fashion sobre lo que debería gustarles. A los más péndex les diría: aflójense, chicos. La vida está llena de veces y lo mejor es lo que ocurre. No vivan por fuora, como desaconsejaba Vinicius de Moraes, sino por dentro. Y concentrándose en lo que están haciendo. En primer lugar, al comer, al amar y al tomar vino. En segundo lugar, todo lo otro. Como si ese momento fuera siempre la última vez.

 

Pequeño glosario Brascó-Aficionado

Dentro del nutrido vocabulario que emplea habitualmente en sus escritos y descripciones sobre vinos, Brascó suele colar algunos términos en inglés y otros propios del argot porteño, en estos tiempos casi demodé, pero con significados propios. Lo más notable es que, en su pluma, cada uno de ellos se transforma en una palabra cool. Aquí cinco definiciones para aprender a hablar en su idioma, o bien para entender a qué se refiere cuando emplea tal o cual expresión.

• Classy: La uso, pero poco y nada, porque la creo ambigua. Cuando uno dice “ese tipo tiene clase”, ¿a cuál clase se refiere? ¿A la bacana, palermo-chicológica, belgrano-erréica, pipí-cucú? Todo depende de quién esté hablando. Un barrabrava de Boca dice que alguien es classy cuando te zampa unas cachetadas formato fenomenales.

• Drinkable: Con Fabricio Portelli decimos que un vino es drinkable en lugar de bebible para no usar esa palabra tan llena de “b” largas.

• Flufli: Dícese de toda cosa imprecisa y vagarosa en lugar de nítida, concreta.

• Photocopie: Se les llamaba a los aburridos tintos, todos súper-extra-ultra concentrados e idénticos entre sí promovidos de manera sistemática por el ex gurú Robert Parker en la década del noventa y primeros años del siglo XXI.

• Piripipí: Sinónimo elegantón de algo siútico, cafone, cutre, cursi, guachafo.

 

Por Fernando Piciana

Fotos del Archivo Simposium

 

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